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Conferencia del Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, en la Universidad de Brown

‘POR QUÉ AMÉRICA LATINA IMPORTA MÁS QUE UN BLEDO’

Providence, Rhode Island (EEUU), 5 abr (SIG).

Medio siglo desde la Alianza por el Progreso

“El pasado 13 de marzo se cumplieron 50 años de un hecho memorable que marcó las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina.

Ese día, el presidente Kennedy —desde la Casa Blanca—, pronunció un discurso histórico frente a los diplomáticos de la región. Permítanme citar sus palabras:

“Nuestras naciones son producto de una lucha común: el levantamiento contra el dominio colonial. Y nuestros pueblos comparten una herencia común: la búsqueda de la dignidad y la libertad del hombre (…)”

Pero el presidente Kennedy fue más allá en su discurso de 1961 e hizo una importante confesión, al tiempo que lanzó una audaz iniciativa:

“Como ciudadano de los Estados Unidos déjenme ser el primero en admitir que nosotros, los norteamericanos, no siempre hemos captado el significado de esta misión común, así como muchos en sus propios países no han entendido totalmente la urgente necesidad de sacar a su población de la pobreza, la ignorancia y la desesperación. Pero debemos convertir los errores —los fracasos y los malentendidos del pasado— en un futuro lleno de riesgos pero brillante de esperanza”.

Con base en estas premisas, el presidente Kennedy lanzó la Alianza para el Progreso, un plan de 10 años para las Américas que buscaba hacer de los años sesentas una década de cambios sin precedentes para América Latina, tanto democráticos como sociales y económicos.

Esta conferencia busca rendir tributo a esa visión histórica: la más ambiciosa iniciativa jamás lanzada para alcanzar el desarrollo de las Américas.

Es un verdadero privilegio para mí ser orador en las Conferencias Ogden de la Universidad de Brown —en donde estudia mi única y adorada hija, María Antonia—.

No obstante, hay días en los que me pregunto —debo decirlo— si parte de mi trabajo se mantiene en sintonía con las enseñanzas del “profesor Josiah Carberry”.

La Alianza para el Progreso tuvo como antecedente la Operación Panamericana, que partió de una propuesta hecha en 1958 por el visionario y audaz presidente brasileño Juscelino Kubitschek al presidente Eisenhower.

¿Y cuál era el objetivo de la Operación Panamericana?

Muy sencillo. Su meta era ampliar el enfoque del Sistema Interamericano —hasta ese momento basado exclusivamente en asuntos jurídicos y de defensa— para incluir temas de cooperación en cuanto a desarrollo social y económico.

En tiempos de la Guerra Fría, el presidente Kubitschek presentó su propuesta de cooperación como una forma de contrarrestar las ideologías “extrañas y antidemocráticas” —con lo cual se refería al comunismo—.

Podemos decir que la Operación Panamericana —y los principios que representaba— tuvo efectos importantes, particularmente para nuestra integración.

En los dos años siguientes a su lanzamiento —1959 y 1960— se crearon el Banco Interamericano de Desarrollo, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) y el Mercado Común Centroamericano.

El mismo presidente Kennedy, en el discurso de lanzamiento de la Alianza para el Progreso, dijo que ésta era “una aproximación consistente con el majestuoso concepto de la Operación Panamericana”.

Estados Unidos se comprometió a proveer hasta 20 mil millones dólares en ayuda para los países al sur del Río Grande y así promover el progreso social y el desarrollo económico, un programa más grande y más ambicioso que el mismo Plan Marshall.

Dos visiones opuestas

El trágico asesinato del presidente Kennedy, en 1963, significó la pérdida del líder norteamericano que mejor entendió la importancia de América Latina.

En menos de tres años de mandato, el presidente Kennedy visitó cuatro países latinoamericanos y recibió a siete mandatarios de la región en la Casa Blanca.

Desde entonces, Vietnam, el Medio Oriente, Europa del Este, Afganistán, Iraq y otras conflictivas y peligrosas zonas del mundo han copado la atención de Washington. Latinoamérica ha quedado en la gaveta de los asuntos que se pueden posponer.

Nada más diciente que la conversación que tuvieron en 1971 el entonces presidente Richard Nixon y su joven asesor Donald Rumsfeld.

Esto dijo Nixon a Rumsfeld:

“La única cosa que importa en el mundo es China, Rusia y Europa. América Latina no importa. Conscientemente, a la gente le importa un bledo América Latina ahora. Les importa un bledo”.

¡Cómo cambiaron las cosas en sólo 10 años!

Pasamos del mensaje de integración y cooperación del presidente Kennedy a la práctica negación de nuestra relevancia por parte del presidente Nixon.

En mayor o menor medida, las palabras de Kennedy se hicieron realidad: LOS ESTADOUNIDENSES NO HAN ENTENDIDO QUE COMPARTEN UNA MISIÓN COMÚN CON LATINOAMÉRICA.

Después de la caída del Muro de Berlín y de la desaparición de la Cortina de Hierro, se desvaneció el fantasma del comunismo, que era el pretexto para la acción colectiva entre nuestros pueblos.

Las dictaduras militares en América Latina y el Caribe también desaparecieron, al punto de que hoy —salvo una excepción, que espero no dure— todos nuestros países viven en democracia.

La amenaza del comunismo fue, entonces, reemplazada por otra causa: la lucha contra las drogas.

El presidente Nixon había declarado, desde 1971, la Guerra contra las Drogas, la cual fue luego ratificada por el presidente Reagan, cuando calificó al narcotráfico como una amenaza a la seguridad nacional.

En Colombia hemos combatido al narcotráfico, tal vez más que cualquier otro país del planeta. En esta sangrienta lucha hemos perdido a nuestros mejores líderes, a nuestros mejores policías, a nuestros mejores jueces, a nuestros mejores periodistas.

Pero déjenme ser claro. Nosotros combatimos al crimen organizado y al narcotráfico por convicción propia, porque sabemos que son un poderoso enemigo de la democracia colombiana, y una amenaza para las comunidades y familias del mundo.

Al final, hemos logrado la desarticulación de los grandes carteles, así como una importante reducción de las hectáreas de coca sembradas en nuestro país y de las toneladas de droga exportadas.

Desafortunadamente, el negocio continúa. Así que seguimos combatiendo este flagelo, atacando todos los eslabones de esta diabólica cadena porque, para nosotros, éste es REALMENTE un asunto de seguridad nacional.

Nosotros continuamos cooperando con nuestros socios porque somos totalmente conscientes de que hay una corresponsabilidad y de que todos tenesmos la obligación de ayudar contra una amenaza que no respeta fronteras.

Nuestros logros han sido posibles, en parte, gracias al Plan Colombia, posiblemente el plan bipartidista de política exterior de los Estados Unidos más exitoso de los últimos tiempos.

Cuando se lanzó el Plan Colombia, nuestro país era considerado por muchos como una nación al borde de convertirse en un Estado fallido.

Hoy —como la secretaria Clinton dijo recientemente, y lo reiteran muchos otros analistas— Colombia ha pasado de ser una fuente de peligro a convertirse en una fuente de inspiración y en un socio decisivo para afrontar los grandes asuntos que afectan el futuro de la humanidad.

Pero no nos sentimos triunfadores ni el problema ha desaparecido. El crimen organizado está siempre buscando el camino de menor resistencia. Mientras Colombia fortalece sus instituciones legales y judiciales —y aumenta el costo de operar desde nuestro país— los capos miran hacia otros ambientes menos severos.

El narcotráfico, con sus inevitables consecuencias de violencia y terror, está migrando a otras regiones como Centroamérica y el Caribe, México y nuestros vecinos en Suramérica. Incluso África Occidental se ha convertido en un centro de distribución.

Cuarenta años después, el problema de las drogas sigue causando estragos a nivel mundial.

Por eso hay un sentimiento creciente que pide la adopción de nuevas estrategias, nuevas visiones y nuevos enfoques para esta problemática. Y esto sólo es posible si lo hacemos a nivel global, porque es un desafío que afecta no sólo a unos pocos, sino al mundo entero.

Y en esa discusión, Estados Unidos, como el mayor consumidor del mundo, tiene que estar presente.

De nuestra parte —con la autoridad moral y experiencia que tenemos a partir de nuestros sacrificios y los logros obtenidos— estamos listos para participar en este debate, compartir nuestra experiencia y explorar alternativas con otros países.

Pero, repito, no podemos hacerlo solos.

La importancia de América Latina

En 1960, el presidente colombiano Alberto Lleras vino en visita oficial a Estados Unidos e hizo esta impactante declaración:

“América Latina está al borde de una crisis económica y social sin precedentes en su historia”.

No era cualquier dignatario quien decía esto.

Lleras era un hombre de talla internacional, cuya calidad de estadista era reconocida en el mundo y particularmente respetada en el hemisferio. Era el primer Secretario General de la OEA.

Con esa frase, el presidente Lleras lanzó una clara advertencia: a menos que América Latina recibiera ayuda económica, la región seguiría el camino de Cuba hacia la revolución.

Pues bien: más de medio siglo después de que un presidente colombiano viniera a los Estados Unidos y diera una voz de alerta sobre la situación de necesidad de América Latina, yo quisiera —en el mismo país y ostentando la misma dignidad—, entregar un mensaje diametralmente opuesto.

NO VENGO A DECIRLES A LOS ESTADOUNIDENSES QUE AMÉRICA LATINA NECESITA DE SU AYUDA. NO.

Hoy vengo a decirles, con profunda convicción y absoluto respeto, que es tiempo de que Estados Unidos revalúe sus prioridades en relaciones internacionales y dirija su mirada hacia su propio hemisferio.

NO TANTO POR LOS INTERESES DE AMÉRICA LATINA, SINO POR LOS PROPIOS INTERESES ESTADOUNIDENSES.

Por su propio bien, Estados Unidos no puede —y no debe— continuar ignorando el inmenso potencial económico, político, ambiental y humano que existe al sur de sus fronteras.

Mientras el resto del mundo, desde Europa hasta Asia, afianza sus lazos con nuestra región, Estados Unidos mantiene una actitud pasiva, desconectada.

¡ESO NO SÓLO ES EQUIVOCADO SINO SUICIDA!

Yo espero —realmente espero— que este mensaje sea escuchado.

Espero que entremos —como dijo recientemente el presidente Obama— en una “nueva era de asociación”.

¿Qué tipo de asociación? El presidente Obama la describió bien: aquella en la que “los vecinos se unen para desatar el progreso que ninguno de nosotros puede alcanzar por sí solo”.

Debo decir que en América Latina estamos listos, más que listos, para participar en esta nueva era.

TODO LO QUE NECESITAMOS ES QUE ESTADOS UNIDOS CONVIERTA ESAS BUENAS INTENCIONES EN ACCIONES CONCRETAS.

Entre tanto, como alguien que guarda especial afecto por Estados Unidos —un país al que admiro y quiero, donde viví y estudié por varios años—, hoy quisiera, desde este podio en la Universidad de Brown, contribuir a que —no sólo el Gobierno sino también la academia, el sector privado y el pueblo estadounidense— superen el ‘Síndrome de Hipermetropía’.

La hipermetropía es el defecto en la visión que permite ver bien los objetos distantes, pero dificulta el enfoque de aquellos que tienen a corta distancia.

Déjenme contarles, o recordarles, por qué América Latina —parafraseando al presidente Nixon— “importa más que un bledo”.

El aporte de América Latina al mundo

AMÉRICA LATINA —COMO COLOMBIA— ES BIEN CONOCIDA, PERO NO BIEN COMPRENDIDA.

Piensen en esto: América Latina ocupa una superficie cercana a 8 millones de millas cuadradas, más grande que Estados Unidos y China sumados.

Tiene una población cercana a los 600 millones de habitantes, el doble que la de Estados Unidos. Con una característica muy importante: es una población mayoritariamente joven y con capacidad productiva, con una edad promedio de 27 años, y una dinámica y creciente clase media.

¿Qué ha aportado América Latina al mundo?

La literatura más vibrante de las últimas décadas viene de América Latina y el Caribe.

Premios Nobel de Literatura como Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Derek Walcott, V.S. Naipaul y Mario Vargas Llosa, nacieron en nuestra región.

No podemos olvidar a otros grandes de la literatura universal como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, José Donoso, Jorge Amado, Roberto Bolaño y, por supuesto, mi buen amigo —quien fuera mi profesor y ahora lo es de esta universidad— Carlos Fuentes.

Carlos, gracias por todo lo que aprendí de usted y por las puertas de la curiosidad y el descubrimiento que abrió para mí y para todos sus estudiantes.

En lo que toca al arte, nadie puede negar la importancia de muralistas mexicanos como Rivera, Orozco y Siqueiros; de los también mexicanos Frida Kahlo y Rufino Tamayo; del uruguayo Joaquín Torres García; de los chilenos Roberto Matta y Claudio Bravo; del cubano Wilfredo Lam, o del colombiano Fernando Botero, uno de los artistas vivos más reconocidos del mundo.

El cine nos sorprende positivamente con directores tan destacados como los mexicanos Alejandro González Iñarritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro; los brasileños Fernando Meirelles y Walter Salles, o el colombiano Rodrigo García, además de los excelentes representantes del cine argentino, que ha ganado dos premios Oscar a la mejor película en lengua extranjera.

¡Y cómo no valorar el aporte latinoamericano al mundo de la música!

Ritmos que todos conocen, bailan o cantan, como el bolero, el tango, la samba, el mariachi, el vallenato y la salsa han contagiado al mundo la pasión de los latinos.

Las canciones de Shakira, Juanes, Mariah Carey, Jennifer Lopez, Christina Aguilera y Gloria Estefan serían impensables sin su sangre latina.

La lista podría ser interminable, pero no quiero agobiarlos.

Hay tantos aportes latinoamericanos en áreas como la ciencia, la medicina, la arquitectura o la filosofía; tantos deportistas excepcionales —incluyendo al colombiano Edgar Rentería, el jugador más valioso de la última Serie Mundial de Beisbol—; tantos talentos que el mundo aún desconoce.

La fuerza hispana en Estados Unidos

La realidad de América Latina, además, ya se instaló dentro de sus fronteras. Para atestiguar la vitalidad y la capacidad de los latinoamericanos, no hace falta ir muy lejos.

La población hispana en Estados Unidos sobrepasa los 50 millones —más del 15 por ciento del total de la población— y es la más grande minoría del país. Según proyecciones demográficas, para el año 2050 serán el 30 por ciento

Uno de cada cuatro niños que nacen aquí es de origen latino.

De hecho, ¡Estados Unidos es el segundo país con más hispanohablantes en el mundo, después de México!

Hay casi 10 millones de votantes latinos en Estados Unidos que tienen el poder de inclinar la balanza en los procesos electorales.

Son latinos orgullosos de sus raíces, de su idioma y su cultura, pero también son verdaderos norteamericanos dispuestos a trabajar y a entregar sus vida por el país en el que viven.

Muchos jóvenes latinos defienden los intereses de Estados Unidos con valentía y honor en lugares tan apartados como Iraq y Afganistán, y algunos de ellos han regresado a casa heridos o en blancos ataúdes.

Pensando en ellos, y en su sacrificio, planteo la siguiente pregunta:

¿Dónde está realmente el interés estratégico de los Estados Unidos?

Tal vez está más cerca de su propia casa, en el aporte a una América Latina más próspera, pacífica y justa, y en hacer de ella su verdadero socio para el futuro.

La secretaria Clinton resumió este dilema en una diciente comparación: lo que se ha invertido en el Plan Colombia en once años —con todos los beneficios que éste ha traído— se gasta (y sinceramente espero que no se despilfarre) en Afganistán en tan sólo una semana.

La década de América Latina

En septiembre del año pasado hablé ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Allí expresé mi convicción de que ésta es la década de América Latina y el Caribe, y de que el mundo debe mirar a esta región como un socio estratégico para resolver los grandes retos de la humanidad.

Nuestra región tiene lo que el mundo necesita: alimentos, agua, energía, bosques, biodiversidad y una fuerza de trabajo joven y creciente, todo esto en un continente con estabilidad democrática y sanas políticas económicas.

América Latina está compuesta por diferentes países, con muchos aspectos culturales comunes, pero cada uno con fortalezas particulares.

En la medida en que nuestros países se integren y trabajen juntos —como en efecto está pasando— esas fortalezas se potencian y convierten a la región en un factor insoslayable de poder económico y político en el planeta.

Déjenme darles ocho buenas razones que me han llevado a decir que ésta es la década de América Latina:

PRIMERO: Nuestras economías están creciendo y así mismos aumentan nuestras oportunidades. Los países de América Latina cuentan con altas tasas de crecimiento sostenido y los pronósticos son aún mejores.

En 2010, América Latina mostró una sólida recuperación económica con un crecimiento del PIB de más del 6 por ciento.

Según The Economist, si la región mantiene el crecimiento de los últimos años, doblará su ingreso per cápita para el año 2025, alcanzando un promedio de 22 mil dólares.

Un reciente estudio del banco HSBC predice que cinco países latinoamericanos —Brasil, México, Argentina, Colombia y Venezuela— estarán dentro de las 30 mayores economías del mundo para el año 2050.

Dos de ellas —Brasil y México— estarán dentro de las 10 primeras economías, por encima de países como Francia, Italia, Canadá, Corea del Sur y España.

SEGUNDO: No sólo planeamos sino que ejecutamos nuestros planes. América Latina fue una de las regiones menos afectadas por la reciente crisis financiera mundial, gracias a adecuadas políticas fiscales y monetarias.

Nuestra región reaccionó a la crisis de la deuda de los años ochentas con reformas financieras, monetarias y fiscales que ayudaron a blindarla ante situaciones como ésta.

Estas reformas contribuyeron a una mayor estabilidad macroeconómica, con bancos centrales más independientes, una inflación controlada y bajo endeudamiento.

Yo mismo, como Ministro de Hacienda en el año 2000, enfrenté la peor recesión en Colombia en setenta años, y salimos adelante con medidas que no sólo salvaron a las entidades financieras y el ahorro del público, sino también las viviendas de cientos de miles de personas con deudas hipotecarias.

Por otro lado, siendo las latinoamericanas las economías menos afectadas, porque aprendimos de nuestras experiencias, fuimos también las que más rápido repuntamos después de la crisis, impulsadas por la demanda mundial de productos básicos y por el flujo de capitales internacionales, que buscaron refugio —¡quién lo creyera!— en los mercados emergentes.

TERCERO: Nosotros vemos al mundo como una oportunidad, no como una amenaza. Los países de América Latina se han adaptado a la globalización generando las condiciones apropiadas para la inversión extranjera.

Con escasas excepciones, la región se mueve hacia un ambiente favorable a la inversión.

Varios países, incluido Colombia, garantizan estabilidad jurídica a los inversionistas y promueven la suscripción de acuerdos para la protección recíproca de inversiones.

El resultado es que América Latina es hoy el segundo más grande receptor de inversión extranjera directa en el mundo en desarrollo, siendo todavía los Estados Unidos el mayor inversionista en la región, seguido por España y Canadá.

Es bueno constatar, sin embargo, que otros países como China e India incursionan en América Latina cada vez con más confianza, invirtiendo en sectores como infraestructura, minería, agricultura y tecnología.

CUARTO: La democracia es la base de nuestro futuro. Hoy podemos decir, con inmensa satisfacción, que en América Latina la democracia es la regla y no la excepción, con sistemas políticos que promueven las libertades civiles.

Por estos días, varios países de la región hemos celebrado los 200 años desde la independencia del imperio español.

Hay que recordar que — junto con los Estados Unidos— los países de América Latina fueron los primeros en el mundo moderno en instaurar repúblicas, con sistemas democráticos y elecciones, y que fueron también los primeros en acabar con instituciones aberrantes como la esclavitud.

Esa tradición democrática —que se vio interrumpida en algunos países por dictaduras militares— está presente a lo largo del continente, y podemos decir con certeza y orgullo que la democracia está aquí para quedarse.

Existen varios matices y tendencias ideológicas, pero una sola democracia, viva y operando, desde México hasta la Patagonia.

Como dijo el presidente Obama, “las lecciones de América Latina pueden ser una guía para los pueblos del mundo que están comenzando su recorrido hacia la democracia”.

QUINTO: Pensamos en la gente. Los gobiernos de la región están comprometidos a mejorar la calidad y la cobertura de sus sistemas de educación y salud, y a disminuir la pobreza de una vez por todas.

Somos conscientes de que la inversión en educación es el único camino para avanzar definitivamente hacia el desarrollo, y hemos hecho de ella una prioridad central en nuestras agendas de gobierno.

De hecho, muchos países de la región —incluido Colombia— hemos alcanzado la Meta de Desarrollo del Milenio de tener al 100 por ciento de los niños en educación primaria.

Con una importante característica: a diferencia de otras regiones, los países de América Latina tenemos ahora más mujeres que hombres estudiando en educación secundaria y universitaria.

Estamos preparando a nuestros estudiantes para el mundo global, incentivando el aprendizaje del inglés y otros idiomas.

Y permítanme hacer una reflexión recíproca: ¿Cuántas escuelas en Estados Unidos están enseñando español, un idioma que hablan al menos 400 millones de personas en cerca de 25 países? ¿Cuántas oportunidades de viajes y negocios se pierden porque los estadounidenses no hablan la segunda lengua occidental más extendida del planeta?

La pobreza y la desigual distribución del ingreso siguen siendo un inmenso desafío para América Latina, que afecta a un tercio de su población, y lo estamos enfrentando con diversas herramientas.

Es bueno poder decir, sin embargo, que, desde el año 2002, más de 40 millones de latinoamericanos han salido de la pobreza, y que se ha mejorado también la distribución del ingreso.

Pero esto no es en absoluto suficiente. Nos falta mucho por hacer, y éste es uno de los retos fundamentales, una de las obligaciones, que tenemos en el futuro inmediato.

SEXTO: Unidos somos una potencia mundial. América Latina está cada vez más integrada.

Mecanismos de concertación política, como las Cumbres Iberoamericanas, el Grupo de Río y la Unión Suramericana de Naciones —Unasur—, operan con regularidad y eficacia, y le han permitido a la región obrar con una sola voz en otros organismos internacionales.

Hay que destacar la madurez política de nuestras naciones que han logrado resolver sus diferencias —a veces complejas— a través de estos escenarios de concertación.

Colombia y Venezuela, por ejemplo, tenían unas relaciones muy tensas, meses atrás, por discrepancias en asuntos de seguridad regional. Las hemos resuelto por la vía del diálogo, y hace unas semanas se decidió que representantes de ambos países alternaran en la Secretaría General de la Unasur.

El presidente Chávez y yo, siendo muy diferentes, quizás somos opuestos, pero hemos decidido que por nuestros pueblos, vamos a respetar nuestras diferencias.

Él sabe que no me voy a convertir en un bolivariano revolucionario, y yo no quiero convertirlo en un liberal demócrata, pero respetamos nuestras diferencias por nuestro pueblo, y eso fue lo que decidimos.

En el campo comercial, nuestra región está cada vez más integrada, con mecanismos vigentes como el Mercosur, la Comunidad Andina, el Mercado Común Centroamericano, el Caricom y múltiples tratados de libre comercio entre nuestros países y el resto del mundo.

Hemos aprendido a cooperar. Por muchas décadas, por más de un siglo, buscamos la respuesta a nuestras necesidades en el norte, y ahora la estamos encontrando mirando al sur y descubriendo allí nuestro propio norte.

SÉPTIMO: Tenemos lo que el mundo necesita. América Latina tiene la capacidad y el potencial de producir los alimentos, la energía y el agua que demanda el planeta, más aún cuando se esperan tiempos difíciles como consecuencia, en parte, del calentamiento global y, también en parte, de la baja productividad en otras regiones.

El solo crecimiento de la China e India que contendrán, a mediados de siglo, la tercera parte de la población mundial, representa un desafío inmenso para el mundo, que deberá buscar la manera de alimentar y de calmar la sed de unas 3 mil millones de personas.

América Latina, por su ubicación tropical, por la calidad de sus suelos, bosques y ríos, puede suplir esta demanda de alimentos y agua, sin afectar el equilibrio ecológico.

En el campo energético, son cada vez más las reservas de hidrocarburos que se encuentran en nuestra región, que es pionera, además, en el tema de las energías alternativas y los biocombustibles.

Como lo ha destacado The Economist, América Latina tiene el 15 por ciento de las reservas de petróleo del mundo, un gran inventario de minerales, más de un cuarto de la tierra cultivable y el 30 por ciento del agua dulce.

Por donde se mire, tenemos un futuro promisorio en estos campos.

OCTAVO: Valoramos y protegemos nuestra biósfera. Nuestra región es la más rica en biodiversidad del planeta, con el país más megadiverso del mundo, que es Brasil, y el país con mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado, que es Colombia.

La Amazonía concentra el 20 por ciento del agua dulce del mundo y el 50 por ciento de la biodiversidad del planeta.

Con las debidas compensaciones económicas, tenemos una inmensa capacidad para reducir los niveles de deforestación y plantar nuevos bosques, cambiando la historia no sólo de la región sino del mundo entero.

Cuando constatamos, día tras día, los terribles e irreversibles efectos del calentamiento global, América Latina surge como una potencia ambiental que puede beneficiar a la humanidad.

Así lo remarcó el ex vicepresidente Al Gore en una reciente visita que hizo a nuestro país, en la que reiteró su propuesta de ponerle un precio al carbono.

Tal como se lo dije a él, lo repito aquí: Colombia apoya la creación de un impuesto al carbono, y está dispuesta a liderar esta tesis en la región.

¡Vayan al Sur y vayan pronto!

Después de plantear estos argumentos, sólo queda una pregunta:

¿Los Estados Unidos, su gobierno y su pueblo, son conscientes del inmenso potencial que hay más allá de su frontera sur?

Como escribió el poeta uruguayo Mario Benedetti, es tiempo de recordarles que “el Sur también existe”.

Y no sólo como una promesa para el futuro, sino como una poderosa y positiva realidad para el presente.

Estoy seguro de que ustedes conocen la famosa frase que Horace Greeley, editor de The New York Tribune, escribió en 1865, invitando a la juventud norteamericana a descubrir nuevos horizontes: “¡Ve al Oeste, joven!”.

Pues bien, hoy, queridos amigos de la Universidad de Brown, quiero darles una nueva consigna: ¡VAYAN AL SUR, JÓVENES MUJERES Y HOMBRES! ¡Y VAYAN PRONTO!

¡NO PIERDAN ESTE TREN! ¡PORQUE YA ESTÁ PARTIENDO DE LA ESTACIÓN!

Por supuesto, como otros, aún tenemos muchos problemas y muchos aspectos para mejorar.

Debemos aumentar la inversión en investigación y desarrollo, innovación, tecnologías verdes, y trabajar en la calidad y el acceso a la educación.

Tenemos que disminuir las grandes brechas en la distribución del ingreso de nuestra población, y reducir la inaceptable desigualdad en las oportunidades.

En eso hemos fallado y es, sin duda, el más grande desafío que enfrentamos si queremos cruzar el umbral del desarrollo.

Es importante aprovechar nuestras ventajas en la producción de productos básicos, pero al mismo tiempo debemos evitar la dependencia de los mismos, fortaleciendo nuestra capacidad industrial y aumentando la productividad de sectores no agrícolas, particularmente las llamadas tecnologías verdes o sostenibles.

Varios países, incluido Colombia, enfrentamos bandas criminales financiadas por el narcotráfico, y debemos robustecer nuestro compromiso para combatirlas, erradicarlas y castigarlas.

Celebramos la expansión de la democracia a lo largo de todo el continente, pero también somos conscientes de que debemos consolidar y mejorar su calidad día tras día.

De cualquier forma, más allá de las decisiones y retos que nos esperan, no debe caber la menor duda de que América Latina es una región con estabilidad política, económica y social, llena de potencial, capaz de enfrentar los desafíos del futuro y de aportar a las necesidades más urgentes de la humanidad.

América Latina merece tener una voz más fuerte en el escenario internacional, y está empezando a encontrar esa voz.

América Latina —parafraseando a Gabriel García Márquez— no está condenada a vivir otros “cien años de soledad”.

El próximo año, los gobernantes de los países de nuestro hemisferio se reunirán en la hermosa ciudad de Cartagena de Indias, donde tendremos el gusto y el honor de ser los anfitriones de la Sexta Cumbre de las Américas.

¡Allí podremos revivir el espíritu de cooperación que simbolizó la Alianza para el Progreso hace medio siglo!

Si el presidente Kennedy pudiera estar hoy aquí, estoy seguro de que estaría muy orgulloso de constatar cómo América Latina ha encontrado su propio camino hacia el desarrollo.

Estoy seguro de que él nos ayudaría a rebatir, como hoy lo hacemos —con respeto y argumentos— la frase de Nixon que nos ha servido como pretexto para esta discusión.

Tal vez lo señalaría y le diría: ¡Usted estaba equivocado y yo estaba en lo correcto!

Tal vez citaría las palabras del presidente Obama del pasado 21 de marzo: “América Latina es más importante que nunca para la prosperidad y seguridad de los Estados Unidos”.

Dicho esto, si a algunos estadounidenses todavía les importa un bledo América Latina, es simplemente por falta de información y entendimiento.

Padecen del ‘Síndrome de Hipermetropía’ que les mencioné antes; ese defecto de la visión que, por fortuna, es fácilmente corregible.

América Latina está avanzando, a paso acelerado, hacia un futuro de progreso, esperanza y oportunidades, y quien no esté a su lado, quien no sea su socio, se perderá del viaje.

Tras escuchar estos argumentos, tal vez ustedes puedan ayudarme a responder la siguiente pregunta:

¿Importa América Latina para los intereses de Estados Unidos?

¿Importa?

Creo que puedo adivinar su respuesta.

¡Sí! ¡Sí importa!

¡Importa ahora más que nunca!

Definitivamente importa más… ¡MUCHO MÁS QUE UN BLEDO!”

 
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